Lo que nos hizo olvidar quiénes somos.

Las capas que fuimos colocando y nos hicieron olvidar quiénes somos.

Hace unos días regresé a casa después de una reunión con la familia del esposo de mi hija, habíamos pasado un rato agradable, había conversado, había sonreído, Como tantas otras veces.

Pero apenas entré a mi casa sentí que mi rostro cambiaba por completo y entonces me hice una pregunta que me dejó pensando durante horas. ¿Por qué estaba sonriendo si realmente no tenía ganas? No era tristeza, no estaba fingiendo, simplemente comprendí que había sonreído porque sentía que debía hacerlo, por educación, por ser amable, porque durante muchos años esa fue una de las versiones de mí que aprendí a ser.

Y fue entonces cuando empecé a preguntarme… ¿Cuántas otras capas llevo puestas sin siquiera darme cuenta?

¿Alguna vez has sentido que ya no sabes quién eres?

No porque hayas cambiado, sino porque un día miraste hacia atrás y sentiste que ya no eras la misma mujer que soñaba, que se enamoraba con facilidad, que lloraba sin vergüenza, que bailaba sin pensar quién la estaba mirando…y te preguntaste dónde quedó.

A veces creemos que la vida nos cambia, pero quizá no siempre cambia quiénes somos, quizá lo que ocurre es que, poco a poco, vamos poniéndonos capas para sobrevivir.

La capa de la fuerte.

La que puede con todo.

La que nunca necesita ayuda.

La que sonríe aunque por dentro esté rota.

La que dice “no me importa”, cuando en realidad sí importa.

Y llega un momento en que esas capas dejan de sentirse como un disfraz y se convierten en nosotras, o al menos eso creemos.

No todas las partes de nuestra personalidad nacieron con nosotras. Algunas fueron construidas para protegernos.

Y lo más difícil es que, cuando las llevamos durante tantos años, dejamos de distinguir dónde termina la capa… y dónde empezamos realmente nosotras.

 

Veamos solo algunas de estas capas…

La capa de la fuerte

Hay mujeres que aprendieron muy temprano que llorar no era una opción, quizá porque perdieron a sus padres demasiado jóvenes, quizá porque tuvieron que cuidar a sus hermanos, quizá porque nadie las sostuvo cuando lo necesitaban.

Entonces dejaron de pedir ayuda.

Y un día todos comenzaron a decirles:

“Qué fuerte eres.”

Lo que nadie veía era el cansancio que escondían debajo.

La capa de la indiferente

Otras descubrieron que amar dolía, después de una traición, un abandono o una decepción, prometieron no volver a sentir.

Y empezaron a decir:

“Ya nadie me importa.”

Pero una cosa es dejar de amar.

Y otra muy distinta es convencernos de que ya no necesitamos ser amadas.

La capa del orgullo

A veces no es orgullo, es miedo…Miedo a ser rechazadas, miedo a que nos digan que no, miedo a volver a sentirnos pequeñas.

Entonces aprendemos a no mostrar lo que sentimos.

No porque no exista.

Sino porque creemos que esconderlo duele menos.

 

Durante muchos años pensé que todas esas formas de reaccionar eran simplemente parte de mi personalidad, nunca me pregunté si habían nacido conmigo…o si las había construido para protegerme.

No se exactamente cuando empecé a mirarme de otra manera, tal vez fue alrededor de mis cincuenta, un día me descubrí llorando sin esconderme y, por primera vez, no sentí la necesidad de explicarle a nadie por qué.

Ya no me preocupaba parecer fuerte, ni demostrar que podía con todo, ni sostener una imagen que durante tantos años había construido.

Fue entonces cuando entendí que muchas de esas cosas que yo llamaba “mi personalidad” quizá nunca habían sido realmente mías. Eran capas.

Capas que un día me protegieron, pero que ahora ya no necesitaba seguir cargando.

No quiero demonizar esas capas, muchas de ellas nos ayudaron a sobrevivir, gracias a ellas seguimos adelante cuando no había otra opción.

El problema aparece cuando seguimos usando una armadura mucho tiempo después de que terminó la batalla.

Porque llega un momento en que aquello que un día nos protegió… termina alejándonos de quienes realmente somos.

Cuando empezamos a quitarnos esas capas, descubrimos algo que al principio puede asustar: la vida es mucho más sencilla cuando dejamos de intentar ser quienes creemos que debemos ser y empezamos a vivir con mayor autenticidad.

Hay una sensación de libertad difícil de describir, la de caminar sin tener que demostrar fortaleza todo el tiempo. Sin aparentar que nada duele. Sin sentir la obligación de sostener una imagen que ya no nos representa. Pero llegar hasta ahí no ocurre de un día para otro. Requiere tiempo, requiere valentía y, paradójicamente, requiere una fortaleza emocional que la que utilizábamos para esconder lo que sentíamos.

Porque permitirnos sentir nuestras emociones, en lugar de protegernos de ellas, es quizá el primer paso para volver a ser nosotras mismas y encontrarnos. Empezamos a observarnos con curiosidad, sin juzgarnos, a preguntarnos por qué reaccionamos de determinada manera.

¿Por qué me molestó tanto ese comentario?

¿Por qué necesito demostrar que puedo con todo?

¿Por qué me cuesta tanto pedir ayuda?

Y, poco a poco, aparece una pregunta que puede cambiar muchas cosas:

¿Esta reacción nace de quien realmente soy… o de una capa que aprendí a ponerme para sobrevivir?

De cierta manera, todas esas capas terminan anestesiándonos, nos hacen creer que, si seguimos siendo así, nadie podrá volver a lastimarnos.

Pero ¿es realmente cierto?

¿Estamos protegiéndonos del mundo… o llevamos tanto tiempo escondiéndonos detrás de esas capas que hemos terminado alejándonos de nosotras mismas?

Pero cuando la batalla termina y seguimos usando la armadura, deja de protegernos y empieza a pesarnos.

Y entonces comprendemos que el mayor riesgo nunca fue permitirnos mostrar nuestra vulnerabilidad. El mayor riesgo fue olvidar quiénes éramos debajo de todas esas capas.

Quizá hoy no puedas quitarte todas esas capas y tampoco hace falta.

Tal vez el primer paso no sea arrancarlas de golpe.

Tal vez el primer paso sea reconocerlas.

Preguntarte cuál fue la primera.

Quién te obligó a construirla.

Qué estaba intentando proteger.

Y si todavía la necesitas.

Porque quizá debajo de la mujer que aprendió a ser fuerte… todavía sigue viviendo aquella que soñaba, reía, bailaba y se emocionaba con las cosas pequeñas. No desapareció.

Solo ha estado esperando, durante muchos años, que alguien le diera permiso de volver a salir.

Y quizá esa persona…

siempre fuiste tú.

Porque, al final, quizá nunca se trató de convertirte en alguien diferente.

Quizá siempre se trató de reencontrarte contigo misma y recordar quien eras antes de empezar a protegerte.

Con Cariño… Milena


Si alguna vez has sentido que ya no sabes quién eres…

Si llevas tanto tiempo siendo fuerte que ya olvidaste cómo se siente bajar la guardia…

O si empiezas a descubrir que muchas de las cosas que llamabas “tu personalidad” quizá fueron solo capas que un día construiste para protegerte…

Quiero que sepas que este espacio también es para ti.

💌 Puedes escribirme a historias@entreincomprendidas.com y compartir tu historia, de forma anónima o con tu nombre, si así lo deseas.

Aquí no venimos a decirte que cambies quién eres.

Venimos a comprender contigo que, muchas veces, la mujer que creemos haber perdido sigue ahí, esperando debajo de todas esas capas que un día nos ayudaron a sobrevivir.

Porque, a veces, descubrir que otra mujer también aprendió a esconder su dolor detrás de una sonrisa…

es el primer paso para recordar que…

Nunca dejamos de ser nosotras. Solo habíamos olvidado el camino de regreso.

 

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