Hay preguntas que parecen muy sencillas hasta que intentamos responderlas. ¿Quién soy?
Probablemente dirías tu nombre. Después vendría lo demás: soy mamá, soy esposa, soy empresaria, soy profesional, soy hija, soy la que cuida a mis padres, soy la amiga que siempre está cuando la necesitan.
Pero si por un momento quitáramos todas esas respuestas y te preguntara:
¿Quién eres cuando no eres ninguna de esas cosas?
¿Sabrías qué contestar?
Quizá ahí empieza una de las preguntas más incómodas de la vida adulta.
Porque puede ocurrir que después de pasar tantos años siendo alguien para los demás, un día descubramos que ya no sabemos muy bien quiénes somos para nosotras mismas.
Aprendimos muy temprano a convertirnos en lo que necesitábamos ser
Nuestra identidad comienza a construirse mucho antes de que podamos preguntarnos quiénes somos.
El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott habló del verdadero self y el falso self. Planteaba que cuando un niño encuentra un entorno suficientemente receptivo a sus necesidades y expresiones espontáneas puede desarrollar con mayor libertad su sentido de sí mismo. Cuando tiene que adaptarse excesivamente a las demandas del ambiente, ésa adaptación puede funcionar como una forma de protección.
Y no necesitamos haber tenido una infancia terrible para reconocer algo de esto.
Muchos crecimos en hogares donde había amor, pero donde también existían reglas bastante claras sobre quién debíamos ser.
La niña buena no contestaba.
La hija responsable sacaba buenas notas.
La fuerte no lloraba.
La educada no hacía enojar a nadie.
La generosa compartía.
La buena hija complacía a mamá y a papá.
Carl Rogers explicó algo relacionado mediante lo que llamó condiciones de valor: cuando comenzamos a experimentar que ciertas maneras de ser nos acercan a la aceptación y otras parecen alejarnos de ella.
Y entonces hacemos algo profundamente humano: nos adaptamos.
Aprendemos qué partes mostrar, cuáles esconder y qué comportamientos nos permiten pertenecer.
Tal vez muchas de aquellas adaptaciones fueron necesarias.
El problema aparece cuando pasan tantos años que ya no sabemos cuáles cosas hacemos porque verdaderamente nos representan y cuáles seguimos haciendo porque alguna vez aprendimos que así seríamos queridas.
Dejamos de preguntarnos:
¿Qué siento yo?
Y empezamos a preguntarnos:
¿Qué esperan los demás de mí?
Cuando dejamos de ser personas y empezamos a ser funciones
Después crecemos y aparecen nuevos papeles.
La estudiante responsable.
La esposa.
La madre.
La profesional incansable.
La cuidadora.
La amiga incondicional.
La mujer que resuelve.
Y los roles no tienen nada de malo. Son parte de nuestra identidad y algunos pueden proporcionarnos los momentos más felices y significativos de nuestra vida.
El problema comienza cuando una parte de quienes somos termina ocupando todo el espacio.
Ya no soy una mujer que además es madre.
Soy mamá.
Ya no soy una persona que tiene una profesión.
Soy mi profesión.
Ya no soy alguien que acompaña a los demás.
Soy la que todos necesitan.
Y sin darnos cuenta podemos ir abandonando otros intereses, deseos, relaciones y facetas de nosotras mismas.
Por eso hay transiciones que pueden sacudirnos tanto.
Los hijos se van.
Nos divorciamos.
Nos jubilamos.
Perdemos un trabajo.
Terminamos durante años cuidando a una persona que finalmente ya no necesita nuestros cuidados.
Nuestro cuerpo cambia.
Una amistad que ocupaba un lugar enorme desaparece.
Y de repente no solo hemos perdido una actividad, una relación o una responsabilidad.
También puede tambalearse la respuesta que durante años utilizamos para explicar quiénes éramos.
Cuando desaparece el personaje
Este fenómeno se observa de una manera muy clara en el deporte de alto rendimiento.
Hay atletas que desde edades muy tempranas organizan buena parte de su vida alrededor de una identidad: soy deportista.
Entrenan, compiten, sacrifican otras actividades, reciben reconocimiento por su rendimiento y construyen relaciones alrededor de ese mundo.
¿Qué ocurre cuando una lesión o simplemente el paso del tiempo obliga a terminar esa etapa?
No desaparece solamente el deporte.
Puede desaparecer una parte enorme de la estructura con la que esa persona se reconocía y si no me creen les recomiendo ver el documental de Rafael Nadal en Netflix.
Y pensé que, guardando las enormes diferencias, algo parecido puede sucedernos a muchas mujeres.
Durante veinte o treinta años podemos vivir alrededor de una función.
Ser mamá.
Ser esposa.
Ser cuidadora.
Ser la profesional que nunca falla.
Ser la que sostiene económicamente la casa.
Ser la persona a quien todos llaman cuando tienen un problema.
Hasta que un día algo cambia.
Y aparecen preguntas que quizá nunca habíamos tenido tiempo de hacernos:
¿Ahora para quién soy útil?
¿Quién me necesita?
¿Qué hago con todo este tiempo?
¿Qué quiero yo?
Y quizás la más difícil:
¿Quién soy yo cuando nadie me pide nada?
El problema no era amar esos roles
Quiero detenerme aquí porque no creo que la respuesta sea renegar de lo que hemos sido.
Yo no creo que haber amado profundamente la maternidad, el matrimonio, una profesión o el cuidado de nuestra familia signifique necesariamente habernos perdido.
Podemos haber sido inmensamente felices siendo madres.
Podemos haber construido un matrimonio que nos hizo crecer.
Podemos amar nuestro trabajo.
Podemos sentir satisfacción cuidando a alguien.
El problema no está en amar nuestros roles.
El problema aparece cuando creemos que no existe nada de nosotras fuera de ellos.
Cuando toda nuestra identidad depende de que alguien nos necesite.
Cuando nunca construimos un proyecto que también fuera nuestro.
Cuando nuestra seguridad económica depende completamente de otra persona.
Cuando dejamos de cultivar amistades, intereses, sueños, curiosidades o espacios propios porque pensamos que aquella etapa duraría para siempre.
Pero ninguna etapa dura para siempre.
Los hijos crecen.
Los trabajos terminan.
Los matrimonios algunas veces también.
Nuestro cuerpo cambia.
Nosotras cambiamos.
La vida cambia.
Y quizá por eso una identidad saludable necesita tener espacio para cambiar con ella.
Las mujeres y todos esos “deberías”
Creo que para nosotras existe además otra capa.
Desde muy pequeñas hemos recibido mensajes sobre cómo debe ser una mujer.
Durante generaciones escuchamos que las niñas jugaban con muñecas y los niños con carritos.
Después había que ser recatadas.
Estudiar.
Encontrar pareja.
Casarnos.
Tener hijos.
Ser buenas madres.
Ser buenas esposas.
Trabajar, pero sin descuidar la casa.
Cuidar a nuestros padres.
Estar disponibles.
Dar.
Sostener.
Complacer.
Y no estoy diciendo que haya algo malo en querer cualquiera de esas cosas.
La pregunta es otra:
¿Cuántas veces nos preguntamos si realmente las queríamos?
Quizá hiciste exactamente la vida que deseabas.
Pero quizá también haya alguna parte de ella que construiste porque pensabas que era lo que tocaba hacer.
Y reconocerlo no significa arrepentirse de nuestra vida.
Significa empezar a mirarla con honestidad.
El yo que debía ser y el yo que quería ser
Carl Rogers habló de la distancia que puede existir entre nuestra experiencia auténtica y el concepto que hemos construido de quienes creemos que debemos ser.
Podríamos llevarlo a nuestra vida cotidiana.
La madre perfecta.
La esposa abnegada.
La profesional impecable.
La mujer fuerte.
La que jamás necesita ayuda.
Ese puede convertirse en nuestro yo ideal.
Mientras tanto, en algún lugar quedan nuestros deseos reales, nuestros límites, nuestras contradicciones, nuestra curiosidad y hasta aquellas partes de nosotras que nunca nos permitimos explorar.
Y tal vez por eso algunas mujeres llegan a determinada etapa de la vida sintiendo algo difícil de explicar.
No necesariamente están tristes.
No necesariamente quieren regresar al pasado.
Simplemente sienten un vacío.
Como si hubieran cumplido correctamente el guion y, de repente, se hubieran terminado las páginas.
¿Y ahora qué?
Tal vez la crisis también sea una oportunidad
Mientras investigaba para escribir este artículo encontré algo que cambió mi manera de mirar esta etapa.
Siempre hablamos de la crisis de la mediana edad como si fuera una tragedia.
Como si despertarse un día cuestionando quiénes somos significara que algo salió mal.
¿Y si también pudiera significar lo contrario?
¿Y si después de tantos años respondiendo a las necesidades, expectativas y responsabilidades de los demás finalmente apareciera una oportunidad para preguntarnos quién queremos ser ahora?
No creo que exista una versión definitiva de nosotras esperando ser descubierta debajo de todas esas capas.
Nuestra identidad no es una estatua terminada.
Cambia.
Se contradice.
Evoluciona.
Hay cosas que quería a los veinte que ya no quiero.
Hay cosas que toleraba a los treinta que hoy no aceptaría.
Hay sueños que desaparecieron y otros que ni siquiera sabía que podía tener.
Quizá reconstruir nuestra identidad no consiste en regresar a la mujer que éramos antes.
Quizá consiste en conocer a la mujer que somos ahora.
Algunas preguntas que quizás llevamos demasiado tiempo sin hacernos
Últimamente intento prestar atención a cosas muy pequeñas.
Cuando alguien me pide algo:
¿Quiero hacerlo o siento que debería hacerlo?
Cuando me ofrecen un proyecto:
¿Me interesa realmente o estoy aceptando porque no quiero decepcionar?
Cuando estoy en una conversación:
¿Digo lo que pienso o suavizo mi opinión para encajar?
Y hay otras preguntas más difíciles.
¿Qué me gusta cuando nadie está mirando?
¿Qué haría si no tuviera que demostrarle nada a nadie?
¿Qué parte de mí llevo años posponiendo?
¿Qué quiero conservar de la mujer que he sido?
¿Qué quiero dejar atrás?
Y mi favorita:
¿Quién soy yo cuando nadie me pide nada?
No sé si alguna vez tendremos una respuesta definitiva.
Tal vez ese sea precisamente el punto.
Porque quizá la identidad no sea algo que encontramos una vez y guardamos para siempre.
Quizá sea algo que seguimos construyendo con las decisiones que tomamos cada día.
Y entonces llegar a una etapa de la vida en la que ya no sabemos exactamente quiénes somos no tiene por qué significar que nos hemos perdido.
Puede significar que algunos de los personajes que nos sirvieron durante años ya cumplieron su función.
Y ahora tenemos delante algo que puede dar miedo, pero que también puede ser profundamente liberador:
la posibilidad de decidir quién queremos ser en la siguiente parte de nuestra historia.
La Mujer Sabia
Mientras investigaba sobre todo esto encontré una imagen que me pareció especialmente hermosa.
Desde una mirada inspirada en la psicología junguiana, existe una manera simbólica de entender la madurez femenina a través del arquetipo de la Mujer Sabia.
No como una etapa que todas las mujeres necesariamente atravesamos de la misma manera, ni como una verdad científica, sino como una metáfora que propone mirar el paso de los años desde otro lugar.
Porque durante gran parte de nuestra vida la energía suele estar dirigida hacia afuera.
Criamos.
Trabajamos.
Construimos.
Cuidamos.
Buscamos nuestro lugar.
Queremos gustar, pertenecer, demostrar que podemos, formar una familia, desarrollar una carrera, sacar adelante una casa, acompañar a nuestros padres, sostener a nuestros hijos.
Pero llega una etapa en la que algunas de esas demandas comienzan a disminuir.
Los hijos ya no necesitan que resolvamos su vida.
Quizá terminó nuestra etapa laboral.
Nuestro cuerpo cambió.
Ya no sentimos la misma necesidad de gustarle a todo el mundo.
Algunas relaciones quedaron atrás.
Y aquello que podría parecer una pérdida también puede mirarse como una liberación.
Porque cuando disminuye el ruido de todo lo que durante años debíamos ser, puede aparecer por fin espacio para preguntarnos:
¿Quién quiero ser ahora?
La Mujer Sabia representa precisamente eso.
Una mujer que empieza a vivir menos pendiente de la aprobación externa y más conectada con su propia experiencia.
Una mujer que ha vivido suficiente para saber que no necesita tener todas las respuestas.
Que conoce sus contradicciones.
Que ha amado, perdido, acertado, cometido errores, comenzado otra vez y sobrevivido a versiones de sí misma que alguna vez creyó definitivas.
Y quizá su sabiduría no consiste en haber encontrado finalmente quién es.
Quizá consiste en haber comprendido que nunca tuvo que ser una sola cosa.
Puede seguir teniendo proyectos.
Puede enamorarse.
Puede aprender.
Puede viajar.
Puede cambiar de opinión.
Puede empezar algo a los sesenta, a los setenta o cuando le dé la gana.
Puede cuidar a otros sin olvidarse de sí misma.
Puede decir que no.
Puede querer compañía y también disfrutar profundamente de su soledad.
Puede dejar de intentar ser la mujer que alguna vez le dijeron que debía ser.
Hay algo profundamente hermoso en pensar que la etapa en la que aparentemente dejamos de ser necesarias para tantas cosas puede convertirse precisamente en aquella en la que empezamos a pertenecernos un poco más.
Tal vez envejecer no sea ir desapareciendo.
Tal vez también pueda ser ir dejando personajes atrás.
Hasta quedarnos con una mujer que ya no necesita demostrar tanto, explicar tanto ni agradar tanto.
Una mujer que mira todo lo vivido, lo hermoso, lo doloroso, las decisiones acertadas y aquellas que hoy tomaría de otra manera y entiende que todo eso también forma parte de ella.
No para regresar a quien era antes.
Sino para preguntarse, con mucha más libertad que entonces:
¿Quién quiero ser con todo lo que ahora sé?
Con Cariño… Milena
Si alguna vez has sentido que después de tantos años siendo madre, esposa, profesional, cuidadora, hija o la persona que siempre está para todos, ya no sabes muy bien quién eres tú…
Si alguna vez te has preguntado qué queda de ti cuando los hijos crecen, una relación termina, el trabajo cambia o simplemente llega un momento de la vida en el que ya nadie parece necesitarte de la misma manera…
O si estás empezando a descubrir que algunas de las cosas que durante años creíste que te definían eran, en realidad, solo una parte de ti…
Quiero que sepas que este espacio también es para ti.
💌 Puedes escribirme a historias@entreincomprendidas.com y compartir tu historia, de forma anónima o con tu nombre, si así lo deseas.
Aquí no venimos a decirte quién deberías ser ahora.
Venimos a hacernos juntas esas preguntas que quizá durante demasiado tiempo estuvimos ocupadas para hacernos.
Porque, a veces, descubrir que otra mujer también se quedó un día frente a su propia vida preguntándose “¿y ahora quién soy?” puede ayudarnos a comprender que perder algunos de nuestros antiguos roles no significa perdernos a nosotras mismas.
Quizá sea, incluso, la oportunidad de empezar a conocernos de nuevo.
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FUENTES CONSULTADAS:
https://www.simplypsychology.org/conditions-of-worth.html
https://www.frontiersin.org/journals/psychology/articles/10.3389/fpsyg.2023.1176573/full
- Rogers, Carl R. On Becoming a Person: A Therapist’s View of Psychotherapy.
- Winnicott, D. W. Ego Distortion in Terms of True and False Self.
- Frankl, Viktor E. El hombre en busca de sentido.
- Bolen, Jean Shinoda. Las diosas de cada mujer: Una nueva psicología femenina.
- Schmid, J. et al. (2023). Retirement from elite sport and self-esteem: a longitudinal study over 12 years. Frontiers in Psychology.
- Giannone, Z. A. et al. Athletic identity and psychiatric symptoms following retirement from varsity sports.
